«Out with the old, in with the new», lema de una Erinia Helénica contemporánea.

Yo no soy amarga, para nada, yo lo que estoy es furiosa y ¿saben qué? Confío en mi furia — Maya Angelou.

Furia, título de uno de los capítulos de Visceral de María Fernanda Ampuero, que hoy funcionó como oráculo literario en mi encuentro con el mundo. Iluminó, sin saberlo, aquello que ocurría fuera y lejos de mí antes de formularse en palabras.

Furia. No enojo o molestia. No un sentimiento a medias. Furia, ira, rabia. Una emoción que arrebata todo pensamiento, que posee las reacciones corporales, que surge de lo recóndito. Sentirla es decir sí para aullar «NO ¡ya basta!». Porque si no, ¿cómo podemos mostrar que algo es importante? ¿cómo indignarnos ante el maltrato, gritar las injusticias, denunciar la mentira, llorar por las guerras? La autora dice que «la ira, como la alegría, es una señal de que nos importa el mundo». Entonces lo peor es no sentir nada, ser indiferente ante el sufrimiento propio y ajeno. No se puede realmente estar viva sin sentir ira, por lo que «no quiero paz en el corazón, no quiero gozo en el alma» —Ampuero ¡mira que eres sabia!—. El sueño me abandona mientras rumio la idea. Demonios. Me levanto y así surge esto. Hoy quiero escribir con rabia, bailar furiosa, llorar de ira.

¿Qué cosas me causan furia? La lista incluye cosas externas como los políticos deshonestos, manipuladores y egoístas; hasta cosas tan personales como la idea de que, como mujer, debo ser (siempre) amable, dulce y complaciente. De improviso recuerdo la frase: «He terminado con tratar de complacer a la gente» de una entrevista a Anne Hathaway, pronunciada cuando cumplió cuarenta años. Yo no soy una persona que busca agradar a la gente. I’m not that nice. Aunque reconozco que sí me entretuve —distraída sin darme cuenta o queriendo entender razones— en abandonar situaciones en las que no debí permanecer quince minutos, una semana, un mes o 784 días. Nada me obliga a estar en donde me siento incómoda, estoy en riesgo o no soy bien recibida. Hay gente a la que no le intereso, le desagrado o simplemente son mezquinas. O envidiosas. Y está bien. Ahora comprendo que cumplir años es un privilegio, y uno de sus gajes es decir «¡qué más da!» dejando que la furia guíe. Pues la vida es muy corta para preocuparse por no herir susceptibilidades de personas a las que no les importan las mías. Abandonar chats libera, te lo juro.

Otra de las ventajas de envejecer es no vivir con miedo por lo que dicen u opinan los demás. Que si soy un amor o una bruja. Que si estoy gorda o flaca. Que si soy rica o pobre. Que si trabajo o no. Que para qué estudio tanto, leo tanto, cuestiono tanto. Que si soy obsesiva, loca y rara. Eso dejó de ser relevante. Pero hay una forma de expresarse de los demás que sí me causa furia: la habladuría, debido a la destrucción que ocasiona. El ser objeto de ella me enfurece, más cuando mi nombre fue utilizado —sin fundamento—como la fuente de murmuraciones sin sentido. Esa vez observé asqueada cómo me convertí en persona non grata al ser objeto de calumnias. Lo peor, yo desconocía lo sucedido.

El chismorreo es corrosivo. Me hace sentir indefensa, sin control. Quisiera corregirlo, eliminar lo que al otro le robó la calma. Aún sin ser la causante. Pero es inútil gastar palabras para limpiar mi nombre. Solo haría que a Hidra le crezcan dos cabezas, en lugar de una, esparciendo el daño hacia otros por vanidad. Hércules solo la vence en la mitología griega, y por cierto con ayuda. Yo, una simple humana, no puedo enterrar su última cabeza inmortal de serpiente bajo una piedra, donde sé que seguirá odiando y soñando con escapar otra vez. Solo queda soltar. Dejar que el universo se encargue de componerlo si es posible. Pues no puedo controlar monstruos creados por otros. Tal vez no hacer nada sea la forma correcta de actuar ante la mentira.

«Mujeres», en palabras de Ampuero, «conozcan su ira, abrácenla y recuerden que las Furias de la mitología romana, las Erinias Helénicas, eran fuerzas femeninas que se ocupaban, sobre todo, de vengar los crímenes, especialmente contra la familia». Anotado está. Hoy empezaré por vengar los cometidos contra mí antes que nada, agradecida por la Erinia que me obliga a actuar y no callar la rabia. La furia no es silenciosa ni sutil. Así, la dejo que me enlode de pies a cabeza. La acepto, la siento, la observo, la disfruto. Pero no permanezco en ella. La transformo en palabras, la desfogo para evitar la autodestrucción. La furia me reconstruye.

Seguiré confiando que hay más belleza que fealdad alrededor. Pero con la convicción de mantener lejos de mí a personas que, mientras lidian con sus demonios particulares, destruyen lo que tocan. La furia corta lo podrido. Entonces el nuevo lema es «Out with the old, in with the new… be open to serendipity». Así, me deshago de lo viejo, de lo que no tiene sentido, de ideas inútiles y obsesiones estúpidas. De gente que ya no tiene cabida en mi vida. Estoy abierta a encontrar por serendipia (por casualidad), o porque insisto en ello, cosas y personas maravillosas. Dejo los cincuenta atrás, mi año del SI —que fue grandioso porque cómo me divertí— para gritar iracunda NO tantas veces como sea necesario, de modo que el SI amerite gastar lo más valioso que tengo: mi tiempo.

Escrito por Renata Aguado
Noviembre 2024

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