De pequeña quería ser aeromoza, Miss Universo o periodista porque viajaban por el mundo y conocían lugares lejanos. De adulta le tengo pavor a los aviones; me dicen de cariño greñas porque nunca me peino; y leo periódicos extranjeros.
Se me olvidan los nombres de las personas que me acaban de presentar. No sé por qué la gente me cuenta cosas extrañas, cosas íntimas, cosas que duelen. Incluso gente que no conozco.
Soy leal y sincera, más ahora sé que eso no significa que el otro lo sea de vuelta.
Me toma tiempo darme cuenta cuando alguien se porta mal conmigo. Me siento incómoda con la gente súper amable porque huelo la hipocresía y al pasivo agresivo.
Acabo de descubrir que significa gaslighting porque fui víctima de ella. Descubrí que yo apliqué entonces el ghosting.
Una vez platiqué algo bueno que me paso a una amiga y me di cuenta que se puso celosa. Que feo. A mi me da gusto que les pasen cosas lindas a los que quiero. Los fracasos de mis enemigos no me entristecen. No les deseo el mal, pero si el karma les cobra sus acciones, que así sea.
Nunca me he arrepentido de ser sincera, de decir lo que pienso y de caer mal. Siempre he preferido ser bruja que princesa.
Soy intensa, amo con fervor, odio igual. Abrazo fuerte a los que quiero. A los que no los ignoro.
Reprocho lo que me reprochan. Soy intolerante y tengo poca paciencia para la estupidez aunque trato de disimular. Pero me es imposible, mi cara tiene vida propia, está separada de mi cerebro, se maneja sola, dice todo.
Rumio y rumio ideas en mi cabeza. Pero a la larga olvido lo que me desagrada y a quién me desagrada.
A veces no escucho lo que me dicen. Parece que tengo la habilidad de escuchar, ignorar y olvidar en un instante. Es porque vivo en dos lugares a la vez, dentro creando historias y fuera de mí.
No me gustan las palabras que empiezan con com: competencia, comparación, compostura, comportarse, complacer, compensar, complejo, complot, combo, combatir, compulsivo, complicación, comulgar, comezón, comunicado, comicios. Tengo sentimientos encontrados con comadre. Se salvan comunicar, compasión, comer y comedia.
Mis palabras favoritas son: en italiano mucca (vaca), en inglés aware y en español chinga tu madre.
La primera vez que alguien me dijo señora me sentí extraña. Me desconcertó.
Me pregunto si llegaré a vieja. Me convenzo de que sí pues mis abuelas vivieron mas de noventa y más de cien. Me pregunto si al hacerme vieja me volvere aún más necia, seguiré riendo a carcajadas y mis ojos me permitirán leer. Cuando llegue a vieja me gustaría vestir de morado, usar gafas verdes y zapatos rojos. Tal vez debo empezar ahora a ser estrafalaria. Con el tiempo he descubierto nuevos dolores en el cuerpo, en partes que ni sabía que existían.
Tengo amigas de ochenta y cuatro años y otras de cinco. Me siento más comoda con los adultos mayores y con los niños. Amo la sonrisa de los bebés y la sabiduría de los viejos. A los adolescentes les tengo respeto. Pensándolo, la poca gente que me cae mal es de mi edad. Amo más a los perros que a ciertas personas.
Soy rara, por eso tengo debilidad por la gente rara. También por los locos, los introvertidos y los extraños.
Manías: ver el WC cuando le echo agua al baño, no pisar las rayas entre los cuadros del piso o de la banqueta, revisar continuamente no haber perdido el pasaporte o la visa cuando viajo, prender incienso cada mañana porque sino siento que comienzo mal el día, googleo síntomas en mi cuerpo y de los que quiero. Me negaba a ser donadora de órganos, hacer un testamento o conjurar como quería ser enterrada porque pensaba que iba a morir al día siguiente. Ahora estoy pensando si comprar un planificador cuya portada dice: “Fuck, I’m dead, now what?”.
El suicidio me causa una curiosidad morbosa, pero nunca he pensado en suicidarme. La muerte me obsesiona pero ya no me causa terror. A menos claro que esté en un avión. Mi mente me juega sucio continuamente. Pienso en cómo puedo morir al cruzar la calle si un auto me atropella. Y si muero ¿me convertiré en fantasma? ¿usaré por la eternidad la misma ropa? Me busqué un doctor más joven que yo, así es más probable que yo muera antes que él. Que flojera buscar uno nuevo.
Tengo un cajón al lado de mi cama con giroscopios, lentes que distorsionan o replican imágenes, pelotas de colores y chocolates.
Soy amante de los museos, visito todos los que puedo: de antropología, de historia natural, de arte, de la historia judía y hasta el museo del sexo en Londres. Me gustan los cuadros de Sorolla, Caravaggio, Turner, Van Gogh, Miguel Angel y Duffy. Las esculturas griegas, el grafiti, Basquiat y Bansky.
Escucho a Chopin, Abel Korzeniowski, Hombres G, Julieta Venegas, Michael Bublé, Oasis, música en inglés de los ochentas y musicales.
Soy fanática de las series, libros y películas de misterio. Soy Miss Marple, la reportera del crimen y cualquier detective o policía femenina. También de la ciencia ficción y la fantasía.
Soy fan de los libros para niños y jóvenes. Cada que salía un libro nuevo de Harry Potter lo compraba anticipado en Gandhi, el día de la venta esperaba antes de abrir y me leía el libro en un maratón de fin de semana sin dormir.
Si alguien ve mi feed de buscar en instagram encontrará perros, vacas, llamas, gatos, pandas, frases, actrices recitando poemas, pinturas y nubes. Cursi cursi.
Amo escribir pero padezco el síndrome del impostor.
Amo los libros. Amo el orden. Pero los libros son rebeldes. No he encontrado el método infalible para ordenarlos. Lo he hecho por color, por género, por editorial, por temas, por autor, por idioma, por país. Ahora solo mis clásicos en inglés están en orden alfabético. Mi record de lectura es de 72 libros en un año. Compro libros y más libros cuando aún no termino de leer los que tengo en casa. Siempre hay al menos cuatro libros en mi buró.
No me detesto, estoy contenta con quién soy, donde estoy y el trabajo que he hecho. Me encantaría ser una fanática del deporte. Bajar de peso para no preocuparme por la presión alta, la diabetes, el alzheimer y la muerte prematura a los setenta u ochenta.
Me gustan mis ojos, mi pelo negro que nunca ha sido pintado, mi voz que canta sin importar el que dirán y que mi cuerpo siga bailando como quiere a pesar de los kilos. Tengo la dentadura torcida, los labios creo que no están parejos, pero en general soy más o menos simétrica.
Genero tumores sin saber porque, me han quitado más de diez. Tengo la teoría que así proceso los corajes o las tristezas. No tolero el gluten, tengo autoinmunidad y tomo infinidad de pastillas para la tiroides.
Mi ficha policial está en blanco. No bebo, no fumo, no evado impuestos. Pero si robo cucharas miniatura, me paso los altos cuando traigo prisa y hablo con maldiciones.
Me gustaría que el otoño durara más que las otras tres estaciones. Que nevara algunos días en donde vivo y que hubiera árboles de cerezo que duraran floridos al menos dos meses cada primavera. Amo los árboles.
Prefiero aburrirme sola que acompañada. Me gustan los lugares vacíos. Me encanta cuando mis amigos llegan a mi casa pero también cuando se van. Prefiero estar en casa que salir.
Prefiero lo salado a lo dulce, lo aromático a lo inodoro, pero odio la gente que se baña en perfume y me deja su olor cuando me saluda.
Odio cuando mi esposo ronca y no me deja dormir. Pero una vez me desperté con un ronquido propio.
Me fijo en las arrugas, las canas y el cansancio de la gente que todavía no está en edad de tenerlas. Me impactan los ojos de viejo en caras de niños.
Lloro porque sí, porque no, y por si acaso. Lloro de felicidad, de tristeza y por sentimientos indefinidos. Lloro por la guerra, con ciertas canciones, porque se mueren mis personajes favoritos como Severus Snape, y porque ya no habrá más películas de Maggie Smith o columnas de German Dehesa.
Conservo recuerdos sobre recuerdos de París, Florencia, Nueva York, Las Rocallosas, Chiapas o las Barrancas del Cobre.
Los malos recuerdos de mis viajes son más divertidos que los buenos. Cuando vuelvo de viaje veo las calles de mi ciudad horribles; me doy cuenta de edificios o negocios que no estaban antes; el aire me huele distinto. Pero que feliz estoy de regresar.
El olor del pasto recién cortado, de la lluvia o las salchichas con huevo me recuerdan a mi niñez. De pequeña odiaba la muñeca fea, el patito feo y todas las historias tristes que me contaban. Ahora no salgo de leer novelas tristes y de llorar como enajenada con ellas.
Me pierdo entre mensajes escritos por desconocidos que observo en las calles. Anuncios de animales perdidos, de abogados que ofrecen sus servicios para divorcios express y herencias, lectura de tarot, viajes a Chiapas y de investigadores privados a contratar si piensa que su pareja le es infiel.
Me gusta más decorar de Halloween que de Navidad.
Me gustan los rayos del sol entre las hojas de los arboles, los dedos de Dios entre las nubes y los hilos de luz sobre el mar.
Me gusta el sonido del piano por la casa cuando mi hijo adolescente lo toca, la risa de mi esposo, escuchar a mi papá y a mi mamá contar historias, el ruido de mis sobrinos. Me gustan los abrazos de mi hijo mayor, que aún se acuesta en nuestra cama con mi esposo y yo a ver la tele cuando vuelve a León de la Universidad.
Me gustan las mañanas sin prisa, los minutos extra en la cama antes de saltar al piso y el calor de mi mascota recostada a mi lado.
Me gusta mi vida, cotidiana, sencilla y simple.

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